Caminanding por Alemania

Volumen I

Salí poco antes del mediodía, decidida a empezar a bajar toda la wurst (embutidos) que estuvimos comiendo en la semana (es imposible siquiera pensar en el vegetarianismo acá!). Programé Maps.me para que me guiara hacia Roxheim y salí a caminar.
En el techo del vecino, me saludó, como siempre, un niño con galera y jovial sonrisa, como en varios otros techos a dos aguas y de tejas a lo largo de la bajada que me lleva desde lo de mis cuñados hasta el final de la ciudad (aunque a veces los niños con distintos trajes y de distintos materiales son reemplazados por animales, en general pájaros, o por platos de televisión satelital).
Las veredas acá son angostas y a veces angostísimas, y en general todos tienen antejardines. Las pocas casas con pared a la calle, en general son paredes laterales (o sea, un antejardín al costado), y si tienen ventanas, las ventanas están rebosantes de flores de muchos colores. Si no saqué fotos a ningún jardín aún es porque no me decido por el más lindo. Mi teoría de por qué le dan tanto esmero a sus flores es porque después de tantos meses de puro blanco debe de ser lindo poder jugar con la tierrita y podar el césped todos los días…
Siguiendo con la caminata, encontré pocas personas en la calle (obvio, la gente trabaja), pero los pocos que éramos nos decíamos un alegre ,,Hallo!” al pasar (nota: acá las comillas las ponen como acabo de hacerlo. Horrible, no? Yo voy a seguir con las nor-ma-les).
Maps.me me mandó por calles ya conocidas, hasta que de golpe aparecí en una no conocida… y que se metía en el patio entre dos casas. Imaginé un granjero a Los Simpsons, en pijama de lana roja largo y con una escopeta en manos, sacándome de ahí, así que volvi sobre mis pasos y aparecí otra vez en la calle.
Retomé como pude el camino que Maps.me marcaba… y cuando aparecí en un corral con tres caballos negros y el pasto por el pecho, decidí guiarme por mi instinto.
Mi instinto es malo, así que rápidamente pasé al plan C: seguir la ruta. La foto de esta publicación corresponde a dicha ruta, que dejaba Braunweiler a mis espaldas.
Nunca llegué a Roxheim, pero aparecí en Sommerloch (se lee Somaloj).
Con el cielo gris y amenazando con llover de un minuto a otro, me sumergí en unas callecitas que me hicieron pensar mucho en mis Tías Cristi, Virgi y mi prima Ceci: parecía que en cualquier momento un hada o un duende iba a salir de atrás de alguna rosa.
Calles que suben y bajan, casas de techos puntiagudos de tejas rojas, paredes blancas con maderas oscuras, y árboles… qué cantidad de árboles que hay en este país. Y flores… rosas, amapolas, geranios; rojas, violetas, amarillas, blancas, azules… Pero no aparecieron los duendes.
Estos pueblos son pequeños, así que no hay mucho por hacer, más que maravillarse del silencio y del paisaje.
Seguí caminando hacia St. Katherinen, donde vive la familia política de mi cuñada. A lo largo de las rutas que seguí, la gente me pasaba en sus tractores o autos de alta gama (nunca un duna, no, porsches, audis o mercedes!). En general se dedican a la producción vitivinícola en esta zona, de ahí el exceso de tractores y demás cacharros por todos lados.
En St. Katherinen me quedé poco, no solo porque ya lo conocía, sino porque hacía más de una hora que estaba caminando y ya tenía hambre.
Seguí caminando hasta que apareció el cartel de “Braunweiler 2 km”, y un rato después se terminó mi paseo.

El problema, fue cuando Klaus volvió de trabajar y nos mandaron a buscar las bicicletas dos kilómetros hacia abajo y luego subirlos pedaleando. Eso fue… agotador…

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