Wochenende en Alemania

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Volumen I

Llegó el Wochenende, o fin de semana, y a la mañana mi cuñada me invitó a un brunch que iba a tener con sus amigas.
Si bien varios de los comensales hablaban inglés, por supuesto la conversación se desarrolló en su mayoría en alemán, y Petra se sintió mal pensando que me aburrí. La verdad que me estoy acostumbrando a no poder participar de las conversaciones, pero eso no me aburre. Presto atención al máximo, a ver qué palabras puedo captar, que frases logro entender, qué entonaciones se usan en qué situaciones… estoy como esponja en estos días.
El brunch se hizo en una cafetería en Mainz, que en un cartel en la entrada anunciaba All You Can Eat. Si bien no había mucha variedad, podías comer muchas veces lo mismo: huevos revueltos, panceta frita, queso, jamón, pan, albondiguitas, panquequitos, mini donuts, cereales… un desayuno americano base.
Yo quise quedar bien y me serví un plato semi abundante, como para no quedar como la gorda del grupo. Pero cuando mis compañeros iban por el tercer super plato perdí la vergüenza.
Salimos y recorrimos una peatonal que llevaba hasta la Catedral, a lo largo de la cual se estaba celebrando un festival en honor a Johannes Gutenberg: había distintos puestos de comida y bebida local.
Todos me felicitan por mis descripciones en facebook, pero acá se me escapan las palabras para hacerlo… así que les voy a dejar algunas fotitos. Lo poco que visité de Mainz me pareció bellísimo, y por suerte va a ser la ciudad donde estudie alemán a partir de agosto, así que voy a tener mucho tiempo para recorrerla y seguir maravillándome.
Estuvimos hasta poco después del mediodía (el enano se estaba poniendo mañosito por el sueño), así que volvimos. Pero el finde no terminó ahí.
En Braunweiler se organizaba hacía varios días la Dorfest, o festival del pueblo, donde a lo largo de dos cuadras los locales armaban stands de comida y bebida. Pero… otra vez me faltan palabras.
Cruzaban de lado a lado sobre la calle banderines de colores. Varias personas que tuvieron la suerte de que el festival se armara frente a sus casas habían directamente armado el stand en sus garages, armando mesas y bancos de madera en sus patios. Quienes no tenían casa se habían llevado carritos o habían armado mesitas bajo gazebos. Habían instalado un castillo inflable para los más niños, al lado de un carrito decorado muy a lo circo de tiro al blanco, donde con dardos y reventando globos podías llevarte un premio. No, ni me gasté en intentarlo…
Releyendo suena a que era un gran festival, pero la verdad era pequeño y acogedor. Estuvo abierto el viernes y el sábado a la noche, y el domingo todo el día, hasta las 9.
Pensé mucho en mamá en los dos días que paseamos por ahí, porque el domingo volvimos: busqué desesperada al Doc Martin peleando en algún rincón con Bert (porque la versión alemana del plomero la vi).
Había poca comida, y mucha bebida (borrashoooos), y tomé un Amaretto Kirsch mit Zahne: amaretto de cerezas con crema. De-li-cio-so!!! Tengo que conseguir más!

El domiiiingo (esto todavía no termina), mi concuñado dirigía una orquesta en Stuadernheim (se lee Eshtaudernjaim), una celebración que empezó hace muchos años para recaudar fondos para reemplazar un gallo de bronce en la cima de la iglesia… y ya el gallo fue reemplazado hace como 3 años, pero las ganas de juntarse y chupar son más fuertes y ya es tradición.
Stuadernheim se notaba pueblo más viejo que los visitados hasta ahora: pocos, muy pocos, antejardines, casas de piedra más viejas… algo lúgubre y abandonado incluso en algunas partes.
Tocó la orquesta canciones bastante modernas para los viejitos que empilchados salían de la misa, pero después se vieron recompensados con un cuarteto que cantó viejas canciones alemanes y con los distintos grupos de danza de las niñas del pueblo (por supuesto las más chicas bailaron Let It Go, que no sé cómo se dice en alemán). El cuarteto cantaba canciones que te daban ganas de tomar cerveza abrazado al vecino de banco. “Son canciones de bar!”, me gritó Klaus mientras, al ritmo de la música, “subíamos los brazos al cielo; los bajábamos al infierno; luego adelante; luego a los lados…”.
El enano, con profesionalidad, cuando comenzó la celebración con la orquesta, se posicionó al lado del baterista y, con pandereta en mano, también fue parte del espectáculo. Lo que es ser el hijo del director…
Volvimos tarde a la casa, mucho después del almuerzo, e intentando dormir al enano me quedé dormida en el auto (fue imposible no hacerlo, entre la comida, el suave movimiento y el chiquitito haciéndome caricias en la mano y cantando una canción de cuna).
Dormimos una mini siesta… y nos fuimos a St. Katharinen a recolectar cerezas en lo del vecino de los padres de Peter… para regresar a Braunweiler a seguir dorfestiando.
Los distintos puestos que quedaban abiertos (varios ya se habían ido a dormir), mostraban resabios de los festejos del partido Alemania-Eslovaquia (o Eslovenia?): banderas, carteles, gente con camisetas… todo negro, rojo y amarillo.
Uf, menos mal que a las 9 ya se estaban yendo todos a dormir, porque ya estaba agotada!
Si todos los fines de semana van a ser así…

Es la alegría del verano!

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