En Auto

No siempre estamos hablando. A veces nos gusta disfrutar del silencio del otro. A él más que a mí, pero yo también puedo callarme a veces.
Pasa, en general, cuando comemos y en el auto, sobre todo si estuvimos todo el día juntos.
Comiendo es más aburrido el silencio, sobre todo porque en seguida empiezo a perderme en mis pensamientos y eso me lleva a rincones no tan buenos a veces (¿acaso Nala y Simba no son los dos hijos de Mufasa?).
Pero en el auto… en el auto es distinto…

Los caminos que recorremos juntos suelen ser los mismos. De la casa al supermercado, de la casa a su trabajo… y su regreso. Sin embargo todas las veces puedo encontrar en qué ocuparme.
La bajada de Braunweiler a St. Katharinen es abrupta y se hace rápido. Cuando las casas quedan atrás, a los costados y en todas las direcciones se ven cerros cultivados hasta el último centímetro. Vides en las lejanías, un tipo de trigo cerca del camino lleno de curvas. Pero siempre bajando. Y siempre se me tapan los oídos cuando llegamos a ese árbol a mi derecha.
Los cerros verdes de vides quedan prolíjamente peinados por los surcos entre los cultivos, por donde pasan los tractores. Los planos de trigo es una interminable marea dorada.
Hay por aquí y por allá algunos árboles. Me gusta el cerro de la derecha, porque entre los bajos cultivos verdes sale un árbol, solito, de copa redondeada, que corta el horizonte. Si el sol saliera o se ocultara por ahí, quedaría una foto espectacular.
Y amapolas. Pequeñas flores de pétalos rojizos, tan pequeñas que solo se ven las que están al lado del camino, acompañando unas flores blancas que salen en forma de bouquet de una novia diminuta.
No mucho más adelante, se perfila ya St. Katharinen, que es similar a Braunwelier en arquitectura y tamaño. Y también está en bajada.
Pero el camino que se abre a la derecha sube, y desemboca, al salir de la ciudad, en un pequeño llano. Igualmente cultivado de dorado y verde detrás.
Había unos árboles gigantes a sus lados, pero yo no los vi. Rompieron la ruta, así que fueron talados poco antes de que llegara. Serán buena leña cuando llegue el frío. Todos talados, menos uno.
El primero de la hilera, con maña y mucho trabajo, se transformó en St. Katharinen, una joven de largo cabello y corona vikinga, con una espada en una mano y un pequeño artefacto en otra. Mi mente me dice que es una mini arpa, pero Klaus seguro me diría que no lo es.
Dos curvas más adelante, una subida entre frondosos árboles deja atrás los cultivos y nos mete en un paisaje más boscoso.
Ahora el camino sube o baja a intervalos irregulares, y el paisaje hasta Mandel es de campos, de bosque o de ambos. Árboles altos de tronco delgado y estirado, de hojas oscuras que seguro Ramonita sabría el nombre de todos y cada uno.
Llegando casi a la cima de un cerro, con una pared de roca a la izquierda, se tiene una deslumbrante vista de cerros cultivados a la derecha. Al final, en una abrupta bajada, se puede ver a Mandel. Casitas de piedra y madera con techos de tejas a dos aguas, al final de una curva aparece una señal gigante de STOP. Tras el alto, mirar a ambos lados, se enfila hacia Weinsheim.
No quiero repetirme tanto, asumo que ya captaron la idea… El sonido del trigo meciéndose por el viento. Los grillos y abejas cantando cuando hay sol. La luz que se escabulle entre las nubes y deja distintas tonalidades de verde en los cerros. Las estelas blancas que dejan los aviones que eternamente cruzan el cielo…
– BA, TE BA, QUE BATE EL CHOCOLATEEEE!
Klaus canta desafinadamente a medida que entramos a la autopista.
No es, quizás, la mejor música de fondo, pero para mí sí.

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