Miedo a la Noche

Empieza a oscurecer cuando llego a la estación.
Después de una hora metida en el tren, que a veces viene lleno a la alemana y con el aire acondicionado a full porque afuera hace como 25°C, el color purpúreo del cielo me recibe con un mensaje desalentador: cuando llegues a la casa, va a ser noche cerrada.
Me ajusto la bufanda al cuello y empiezo a caminar los dos kilómetros que me separan del hogar.


A esta altura ya descubrí por donde cortar camino, así que ya no ando por la avenida de la estación, y me meto por los caminos arbolados de la plaza y de la Iglesia, hasta llegar al supermercado.
La zona detrás del supermercado parece la parte vieja de la ciudad, vieja y abandonada, con varios negocios que llevan cerrados claramente mucho tiempo, entre ellos un restaurant italiano. En esa calle pequeña queda un bar diminuto y lo que parece un albergue juvenil, además de alguna que otra casa. Son dos cuadras del murmullo de la música de fondo del bar y de caminar sin saber a donde mirar, porque a pesar del abandono está completamente iluminada por faroles altos, y donde no hay faroles hay unos espantosos foquitos en el suelo, que si venías mandando un mensajito quedaste ciego al toque.
La calle sube hasta la rotonda, la que conocemos como la Segunda Rotonda; si bien da a una entrada de la ciudad, fueron muchos días de venir por el otro lado, lo que nos hace cruzar dos rotondas. Ahora que lo pienso cruzamos tres desde el otro lado, pero la primera es tan chica que ni cuenta.
La rotonda me lleva a una bifurcación, entre la calle principal que podría haber seguido antes y otra que sube. Justo en la esquina hay un gigante cuadrado de pasto, vacío salvo por un par de arbolitos y una escultura. La calle principal baja para después subir en vertical hacia mi casa, que está en la punta de un cerro, por lo que la otra calle, que sube más paulatinamente, es menos agotadora.
A esta altura, ya se prendieron todas las luces de la calle, que no son muchas.
La calle por la que camino es total y completamente residencial. Las casas a la derecha están más altas que el nivel de la calle, las de la izquierda más bajas, así que me cruzo a ambos lados con largas escaleras, intrincados caminos rodeados de flores y plantas. Casas tan altas que dejan bajitos a los árboles, casas tan abajo que a duras penas se ven. Subiendo y subiendo, cada tanto me cruzo con alguien en auto o en bicicleta, yendo en cualquiera de las dos direcciones, mientras la calle empieza a iluminarse más por las estrellas que por los faroles que quedan tapados por las hojas de los árboles.
El viento sopla y la calle queda a oscuras.
Mi respiración se empieza a agitar y los gemelos me empiezan a doler. La mochila se siente pesada y quedan al menos 15 minutos de caminata.
El ruido de persianas cerrándose se hace más común. Las ventanas se iluminan por los colores de la televisión, hay olorcito a comida en el aire.
A la izquierda y bien lejos se ven las poderosas luces del campo de deportes, de donde se escuchan gritos y festejos de jóvenes que no sufren del frío que viene con la noche.
Los grillos cantan y son la única señal de vida cuando los deportistas quedan lejos, porque en la noche alemana ya se preparan los niños para dormir, los grandes se acurrucan a ver tele. Ni los gatos pasean de noche, y una acá… caminando… con las manos frías… repasando las preposiciones para no sentir la soledad.
Las luces automáticas de las casas con rejas -inútiles y decorativas- me aceleran el pulso, y escucho la voz de mi cuñada en mi cabeza diciendo “pero si acá no hay ladrones”.
Pero hay lobos y jabalíes en el cerro.
Siempre me acuerdo de los lobos cuando llego a esa cuadra donde todas las casas tienen enormes patios y no hay ni una sola luz, y me siento como en el medio del bosque.
En este punto, Pokemon Go pasa a un segundo plano, y con el brillo al máximo el celular me ilumina el camino (nada de aplicación linterna, para seguir sumando kilómetros… dije segundo plano nomás).
Descubrí que entre todos los caminos que te llevan a distintas casas hay uno que me lleva directo a la mía, metiéndose por el medio de la cuadra. Muchas escaleras que suben, aún menos iluminación.
El viento empieza a soplar y los grillos empiezan a quedarse dormidos.
Me acomodo la bufanda para cubrirme las orejas, pero me arremango porque ya tengo calor en el resto del cuerpo.
Y empiezo a subir.
Sigo repitiendo preposiciones mientras me sumerjo en la escalera en apariencia infinita que se interna entre las casas. Hay árboles y algunos cercos, pero en su mayoría no se preocuparon los vecinos en separar sus patios del paseo. Quizás la confundida sea yo y ese camino no sea tan público como se ve.
Hay muchas camas elásticas, hermosos muebles de patio, luces de colores entre las flores y muñequitos de jardín. Sería todo más hermoso si efectivamente pudiera verlos en la noche que ya cayó sobre mí. Sería todo más hermoso si los descansos de la esclaera no estuvieron inclinados, si no llevara 40 escalones y me faltaran como 100 más.
Varios caminos cruzan perpendicularmente el Camino de la Escalera, primero la calle que empieza con M, que es el único por el que pueden pasar autos. Después la peatonal que lleva a la calle del señor del auto azul, a la calle de la abuela del chico de la mochila grande, a la calle de la señora del perro blanco, a la calle donde siempre aparecen Eeevees.
Todos ya cómodos y calentitos en sus casas, con las luces apagadas.
Y yo acá, a oscuras, sin aire, con los pies cansados, la rodilla crujiendo, las manos fríos, la espalda transpirada, un zumbido en los oídos… Los sentidos clavados en la noche, esperando a que aparezca un lobo.
Cada vez hay menos faroles. Las estrellas y el celular son mis guías.
Los hijos de puta que ponen luces automáticas en mi camino son mis enemigos.
Las persianas se cierran con crueles quejidos. Los autos suenan lejos y tranquilos.
Ya no hay olor a comida ni murmullos de ningún tipo.
Son recién las 8, y hasta los grillos se fueron a ver tele.
Mi respiración agitada es lo único que suena.
Ya hasta de las preposiciones me olvidé.
Me transpiran las manos y no es de cansancio.
Les mentí, este camino es la primera vez que lo hago. Y creo que me pasé.
Porque la anterior no era la calle de la casa de la maceta en el medio de la escalera… o sí? Ya pasé por la del perro? Eran dos después de la calle con M… o tres? O solo una? Pasé ya por la calle con el paredón de piedra? Qué es eso que se mueve ahí? Por qué no ponen más luces en la calle?
El ruido de los árboles moviéndose, el crujido de las persianas, las luces que se prenden y se apagan, todo se intensifica cuando llego a una cuadra oscura, rodeada a ambos lados por altos setos de pasto, y al final… no se ve más nada.
Me ahorco con la bufanda. Me duele el pecho, la nariz. No veo mi aliento, no veo nada.
Los árboles, las persianas, las luces que se apagaron todas.
El celular que chilla que se queda sin batería.
Una rama que me rasguña el brazo, una tela de araña que se me pega a la cara, un crujido en el piso y algo que me agarra los pies, y era una rama caída, la puta que lo parió, cruzando el camino. No me animo ni a patearla, la esquivo.
Según Pokemon Go, cuando se terminan los setos tengo que doblar a la izquierda.
Y se terminan, y hay una luz a la izquierda.
Y conozco esta parte, por acá pasé una vez. Y camino entre las casas por un angosto pasillo y aparezco en otra calle.
No, nunca estuve acá.
Y siento unos ojos clavados en mi nuca.
Mi respiración se agita, me doy vuelta y hay un perro, mirándome a través de una ventana. Parado encima de la mesa, nos desafiamos con la mirada un rato.
Sigo avanzando sin apartar la vista, el se sienta y me sigue observando.
Aparezco en un estacionamiento y en frente mío una luz se prende señalando otro sendero peatonal.
Por la posición de la luna y de las estrellas, me identifico en el hemisferio norte, hasta ahí llegó mi gps interno. Pero mi instinto, o mis ganas de llegar rápido a casa, me hacen ir hacia la luz.
Una luz que se apaga. Junto con el celular.
Casi al trote, ya nadie baja persianas, ya no se ve nada, retumban mis pasos en la noche. Mi nariz. Mi pecho. Los grillos. El viento. La bufanda. El frío. El calor.
Un auto pasa volando, lo insulto por lo bajo, pero su luz me permite ver que ahí, donde terminó el sendero y está la calle, ahí, entrecortando la noche su silueta negra, ahí, el edificio con la única ventana abierta e iluminada, ahí, donde un hombre canta desafinadamente en la ducha… ahí, ya está mi casa.

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