Llegó la Vendimia

El martes pasado fue mi última clase del bimestre antes de mis super vacaciones. Pero después de 3 días de vacaciones, un fin de semana y un feriado, el destino decidió que ya me estaba rascando mucho las pelotas así que me abrió una puerta a la que fui prácticamente empujada.
Empezó la Vendimia en la Viña Gälweiler.

La vendimia suena lindo, casi que romántico, además siendo chica de ciudad uno escuchaba siempre hablar de los festejos y celebraciones que se hacen en Mendoza, la tierra prometida del vino argentino, durante la misma fecha y no hacía más que hacerme ilusiones de formar parte de tan ilustre evento.
Por eso cuando mi cuñada me ofreció quedarme en la semana en su casa e ir a trabajar durante el día a la viña, aprovechando que Klaus iba a pasar la semana trabajando en otro pueblo, no lo dudé (mucho) y dije que sí.

Día 1

El martes llegamos poco antes de las 8 con mi cuñada, quien hizo las presentaciones pertinentes a mi futuro nuevo jefe, aunque no eran necesarias ya que ya nos conocíamos de cuando me ofreció trabajo -esclavo- en la Fiesta del Vino. Y habla español.
Me hicieron esperar un ratito en el calor de la cocina, con la suegra de mi cuñada (y madre de mi jefe), quien preparaba el desayuno para su marido.
A las 8 salí.
Una manada de personas hablaba alegremente, con las manos enguantabas y los pies enbotados, y a medida que me acercaba noté que ninguno hablaba alemán.
Así es: la vendimia es cosa de inmigrante mano de obra barata.
A una ya la conocía, habíamos trabajado juntas en la Fiesta, y me presentó a dos de las 5 mujeres que allí se encontraban. También se apiadó de mis zapatillas de lona y me prestó unas botas de goma; de paso me alcanzó unos guantes de látex.
Minutos más tarde, turcos, polacos y una argentina fuimos metidos en un carrito techado con lona, tirado por un tractor que nos llevó hasta los cultivos.
Cuando llegamos, uno de los capataces (el turco… el otro capataz es obviamente polaco) nos abrió la puertita del carrito y bajamos al grito de “Eimer und Schere alles!”. A medida que íbamos saliendo, cada uno fue agarrando un balde de la pila y una tijera del tacho que viajaban en el carrito con nosotros.
Con pañuelos alrededor de la cabeza las turcas y yo, gorras algunos hombres y todos con campera, empezamos en la primer hilera. La orden del Chef fue: saquen todo. Faule auf dem Boden. Nos ubicaron de a pares o de a tres en las hileras… y comenzó la vendimia (para mí, después me enteré que hace rato que andan laburando por acá).
La verdad que pensé que iba a ser más demandante, no sé qué tiene de malo el trabajo de campo no es tan- y me hundí 20 centímetros en “abono”. Alles ok, tengo botas, kein Problem. Así que seguí cortando y sacando uvas y en eso un pelo se me vino a la cara. Quise hacer la mejor pose de Hollywood para sacarse un pelo: levantarse lentamente, pasándose el dorso de la mano por la frente, secando el sudor, mirando hacia el otro lado con ojos pensativos al horizonte.
Me levanté y mi espalda hizo crack… y ahí quedé. Después le siguieron los hombros, los brazos, la cintura… y todavía no era ni el mediodía.
Después de subir a lo largo de la hilera y bajar a lo largo de otra, sacando todas las uvas, mirando bien para tirar las malas y guardar las buenas, nos metieron a todos en el carrito de vuelta y nos llevaron a otro cultivo.
Ahora no había que sacar todas, sino las que estaban malas y, principalmente, podar!
Mi buen Chef me explicó, medio en alemán medio en español, que hay que dejar hojas en lo alto, lo que garantiza el dulzor de la uva, pero hay que sacar las hojas de más abajo, las que rodean los racimos, porque si están muy tapadas conservan mucha humedad tras las lluvias, lo que favorece la aparición de feos y sucios honguitos. Fascinating, isn’t it? (Suena a sarcasmo, pero a mí me fascinó posta).
Hilera de ida, hilera de vuelta, y nos metieron en el carrito para ir a almorzar.
Mientras andamos en el carrito, les cuento un poco más de estas hileras para los que no entienden mucho, o tienen poca imaginación:
Los cultivos se acomodan en hileras. Entre postes de madera y/o metal unidos entre sí por alambres muy tensos y largos se enredan las parras, que deben tener entre 1,70 y 2 metros de alto. Entre hilera e hilera hay un pasillo lo suficientemente grande para que pase un tranctorcito (serán unos… 4 metros? las distancias me cuesta una banda calcularlas…). En cada pasillo, trabajamos entre 2 a 4 personas, dependiendo cuántas hileras haya que podar en total, la cantidad de trabajo, la cantidad de personas, etc. Por un pasillo siempre anda el tractor con un balde gigante al que vamos tirando las uvas recolectadas: por debajo de las parras hay un espacio entre el alambre más bajo y el piso de medio metro más o menos, por donde nos vamos pasando los baldes cargados hasta el tractor y vacíos de vuelta. Trabajar en el pasillo del tractor es re goma por lo mismo (tenés que acarrear los baldes que te van pasando, vaciarlos, devolverlos… muchas veces!), por eso suelen estar ahí el capataz turco, su hijo y alguna otra víctima. Yo siempre que veo que el tractor viene por el pasillo donde estoy, me tiro cuerpo a tierra y escapo por abajo de las parras.
Otro pequeño detalle: en esta zona por lo menos, las viñas no están separadas entre sí. O sea que vas por ejemplo al oeste de la colina de Sommerloch y tenés las hileras 1 a la 5 de él, 6 a 8 de aquél, 8 a 10 otra vez de él, 11 a 17 de aquél otro. De ahí que nos movamos de un lado para otro en carrito: está todo por todos lados.
Ahora que nos imaginamos la viña, llegamos a la casa!
En un galpón con calefacción (obvio, no somos esclavos!) nos cambiamos de calzado (algunos muy inteligentes se sacan la ropa sucia para dejar al descubierto que abajo de todo eso tienen ropa decente) y nos vamos a comer a un pequeño comedor de la casa principal, también calefaccionada, lo que la cuñada de mi cuñada nos preparó con mucho cariño: Goulash.
Para los que no lo conocen, es una especie de guiso con salsa de tomate, condimentos, papitas, verduritas y carne. Me llevé una super cucharada a la boca y, obvio como siempre, me quemé. Cuando iba por la mitad del plato no sabía cómo es que a pesar de soplarlo tanto me seguía quemando, hasta que me di cuenta de que no estaba caliente… sino picante. Como niña buena me lo comí todo, pero después hundí la lengua en agua mucho rato.
Después de un café con masitas, de vuelta al carrito y a seguir la poda.
A esta altura y con la modorra post comida yo ya estaba cansada. Me dolía la cabeza de tanto escuchar gritos en polaco y turco, me dolían todos los músculos de la nuca hasta las rodillas. Mis guantes de goma se habían roto y el agua de lluvia que había quedado en las hojas me dejó los dedos llenos de arrugas… tan agotada estaba que ya estaba pensando en no volver. Un día de trabajo es más que suficiente. Un aplauso a la gente que trabaja por miles de años en este laborioso trabajo, pero no es para mí.
Pasadas las 4 nos subieron todos en el carrito y volvimos a la casa.
Después de cambiarme, descubrí que mi sobrino y su padre estaban en la casa: él se iba a trabajar, el más chico iba a esperar allí a su mamá. Mientras esperábamos el transporte de vuelta, el enano quiso ir a pasear por el Keller, donde uno de sus tíos procesaba las uvas que habíamos cosechado. Y estando el enano ahí, por supuesto mangueamos un vaso de jugo de uva.
Mientras miraba con odio las uvas que tanto trabajo me costaron, ver su jugo girando y girando, preparándose para ser vino, mi Chef se me acercó. Estaba a punto de decirle que fue linda la experiencia, pero que no iba a volver al día siguiente.
Aquí está tu paga del día, dijo, y depositó dos billetes en mi mano.
… A qué hora vengo mañana, jefecito?
Ay, por favor, como si ustedes no hubiesen hecho lo mismo!

 

Glosario por orden de aparición:
Eimer: balde.
Schere: tijeras.
Alles: todos.
Chef: jefe.
Faule auf dem Boden: las podridas al piso.
Kein Problem: no hay problema.
Keller: bodega.

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