#NosotrasParamos

Mamá llegó un día agitada…


Mi hermana había salido de la escuela. Había empezado a caminar para la casa, pasando por la plaza, cuando notó que un hombre la seguía. Asustada, se refugió en un negocio y llamó a mamá desde su celular para que la fuera a buscar.
Nunca hablé de esto directamente con mi hermana. No porque intencionalmente me lo haya ocultado, sino porque hace 12 años no se hablaba abiertamente de estas cosas.
Entre cuchicheos en el baño del cole, en reuniones sociales lejos del grupo, el “le pasó a una amiga de una amiga”… Ahí te enterabas que no eras la única. O peor: te enterabas cuando lo contaban a viva voz entre risas.
Porque era gracioso, era casual, era moneda corriente. Era un tipo persiguiéndote a la salida del colegio, nada más. Tenías 15 años, corrías mucho más rápido que esos borrachos. Tenías 15 y sentías que eras la más poderosa.
Y la más sexy. Porque era el nivel máximo de piropo. Eso y el manotazo en el culo, esos eran sinónimos de que estabas buena.
Entonces yo llegué a la adolescencia, ese momento glorioso para mi madre en que podía permitirse dejarme volver sola después de gimnasia las doce cuadras que había entre el colegio y mi casa.
Coronando el momento con el regalo de un celular, entre en lo que consideraba “la vida adulta”: empezar a manejarme sola por la calle.
Y empezar a caminar sola o acompañada de adolescentes de mi edad era darle la bienvenida a esos piropos que tan bien nos hacían al autoestima.
Pero… por qué no se sentía bien escucharlos? Por qué, si son piropos nomás, dan tanto… miedo? Por qué… duelen?
No era el dolor de dejarte de lado en el recreo, no era el dolor de que te dijeran gorda, no era el dolor de darte el pie contra el mueble… era otro dolor.
El estómago se te hace un nudo, y sentís frío. Y por alguna razón, tu cuerpo se prepara para correr.
Por un piropo…
Y entonces ese día volví sola. La chica con la que normalmente caminaba mitad del recorrido no estaba, así que fui sola todo el camino.
Venía boludeando, pensando en nada. Hasta que noté que había un hombre atrás mío.
Y no te querés sentir paranoica, no querés pensar mal de un pobre tipo que capaz está volviendo a su casa. A lo más te quiere piropear nomás.
Y crucé la calle para estar segura.
Y cruzó atrás mío.
Y crucé de vuelta, a la vereda por la que venía.
Y volvió a cruzar.
Caminé más rápido, y él conmigo, zigzagueando, no se apartó de mí. Y estábamos en la zona residencial, y no había nadie, y no sabía que hacer, hasta que apareció un kiosco adelante y me metí.
Y me daba vergüenza decir lo que había pasado.
Y estuve 10 minutos mirando los chicles hasta que junté monedas de todos los bolsillos y me compré el más barato, porque me daba vergüenza confesar que un hombre me había seguido 5 cuadras.
Salí y corrí a casa. No sé si estaba, solo corrí. Y recé.
Llegué y lo llamé a mi novio, llorando.
No es para tanto, me dijo, te lo imaginaste seguro, no te iba a hacer nada.
Mamá me consoló diciendo que había hecho bien.
… Que la próxima no me dé vergüenza y desde un negocio la llamara a ella o a un remis.
La próxima…?
Y hubo próxima. Hubo tres próximas de hecho.
Qué horror, ahora que lo pienso, llegué a mis 20 habiendo visto más penes por obligación que por voluntad.
Porque no solo está el piropo y el super piropo de querer agarrarte. También está la exhibición. Para que veas, nena, cómo los ponés.
Y… nunca me hizo sentir bien.
El chiflido, el insulto, la babeada, el manoseo, la persecución, la exhibición… Nunca se sintió bien.
Nunca fueron piropos, verdad?
Y por qué, entonces, nos dicen que está bien? Por qué se hacen chistes entre ustedes al respecto? O con nosotras? Por qué piensan que es gracioso hablar de mi cuerpo así?
Por qué piensan que no importa cuando nos persiguen? Por qué tenemos que hablar en secreto de estas cosas? Por qué hay que hacer como si nada pasara?
Porque… y si me agarraba?
Ese hombre, cuando yo tenía 16, si no lo hubiese visto. Si no hubiese corrido, si no me hubiese escondido… Qué pasaba?
Qué le hubiese pasado a mi hermana?
Qué nos hubiese pasado a mi amiga y a mí cuando esos chicos nos intentaron acorralar en el laberinto del Parque de la Costa?
Qué le hubiese pasado a mi otra amiga si no la hubiese cuidado esa noche qué tomó de más?
Qué me hubiese pasado a mí cuando tomé de más?
Cuando los obreros nos gritaban en el colegio, cuando me agarraron en el colectivo, cuando me agarraron en la calle, cuando se asomó a la ventana…
“La próxima” quizás no hubiese llegado.
Suerte. La suerte es lo que nos separa de Lucía, Melina, Beatriz, Jacqueline, Marcela… Tantas otras que no llegaron a tener su próxima vez para defenderse, que no tuvieron nuestra suerte. La suerte de haber podido huir, porque de estar en el borde del abismo no se escapa ninguna.
Hasta cuándo? Hasta cuándo vamos a andar de próxima en próxima? Hasta cuándo van a ser puras locuras de paranoicas, hasta cuándo va a ser solo un piropo, hasta cuándo va a ser algo sin importancia, hasta cuándo?
Cuántas tienen que morir para que abran los ojos?

#NiUnaMenos #VivasNosQueremos

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