Alles Gute zum Geburtstag para mí

No importa dónde estés; es 5 de noviembre y tiene que llover.


El tren es silencioso, la gente habla en susurros. No son ni las 9 y dan más ganas de dormir que de estar despierto.
La mujer en frente de mí mira concentrada tras sus anteojos rectangulares cómo trenzo mi pelo.
El río Rhein aparece por la ventana, con un cerro del otro lado, tan cerca que da la sensación de que podrías tocarlo con la mano.
Hay casas y cultivos amarillos en sus colinas.
Hay un barco grande en el agua, y el tren comienza a subir.
Se pierde el paisaje entre verdes árboles, y mi libro me pide a gritos que lo siga leyendo.
Cada tanto levanto la vista para ver el río, las casitas de madera a sus orillas, los barcos, la llovizna, el cielo gris, un castillo…
Llegamos a Koblenz con lluvia más persistente.
Una hilera de edificios de colores pastel se alinea detrás de la estación.
Edificios tras edificios; Koblenz es más urbana y grande que los paisajes a los que ya estoy acostumbrada.
Una suave voz de mujer avisa algo mientras cruzamos el río, dejando de un lado edificios, pasando hacia la zona de casas más bajas y viejas.
Esto sí me es familiar.
Al poco tiempo llegamos a Bonn, y minutos después a nuestro destino final: Köln.
La estación es muy parecida a la de Frankfurt, aunque un poco más pequeña.
El cielo se ve ligeramente tras un techo de hierros entretejidos. Unas escaleras se entierran en el suelo para alejarte de los andenes y llevarte a la estación.
Abajo está lleno a reventar de negocios de todo tipo. Mientras caminamos hacia la salida, la gente se amontona a nuestro alrededor, con valijas, mochilas gigantes, en grupos, solos, abrigados hasta el apellido o en remera…
El pasillo nos lleva hasta un ventanal gigante a través del cual se ve la atracción principal de la ciudad: la Catedral.
Der Kölner Dom se cae de gótica. Los techos son altos y puntiagudos; lleno de ribetes, gárgolas, vitrales.
Unas escaleritas llevan hasta la enorme puerta trasera (la entrada principal, descubriríamos después, estaba al otro lado).
Dentro entre enormes columnas redondeadas se alinean bancos de madera, imágenes de santos y vírgenes, velas, esculturas de obispos y papas, flores, dibujos en mosaicos en el piso y gente.
Lamentablemente planeamos el viaje con tres semanas de anticipación nomás, así que no pudimos ir a ninguna excursión (El Techo, el Campanario, las Criptas…) porque ya estaba todo copado.
Dimos varias vueltas alrededor, sin saber nunca hacia dónde mirar de tan cargado de belleza que estaba, hasta que salimos y nos dirigimos a cruzar Hohenzollernbrücke, un puente enorme de acero?, metal? (siempre fui mala para los materiales), que cruza el Rhein. Por él pasan los trenes por el centro, peatones a los lados. En la reja que los separa, la gente hace rato que adoptó esa manía europea tan rara: colgar candados.
No escucharon esa historia francesa, que si colgás un candado en la reja de no sé qué puente y tirás la llave al río, tu amor va a durar por siempre, o van a volver juntos a ese lugar, o algo así?
Bueno, el puente se cayó por el peso de la tonelada de candados que habían puesto. Y el río está hasta la madre de plomo por las llaves. Pero la gente sigue poniendo candaditos. Cada quien dirá si les copa la idea o no.
Había tantos candados que no se veía la reja, sobre todo unos cuadrados, grandes y rosados que tenían grabados nombres en la misma curvada tipografía; alguien se está haciendo una fortuna con esta tradición.
También estaban los más pobres, que en vez de hermosos y estilizados candados, ponían algunos con combinación, cadenas de bici, Ulocks y demás bizarreadas. Uno había atado un cordón de zapatilla (a este el compromiso y la eternidad de un candado le dio miedo).
Espectaculares vistas de ambas orillas del Rhein se mostraban a quienes decidían dejar de prestarle atención a esa maraña de candaditos.
De un lado, los picos de la Catedral sobrepasan las demás construcciones. A su lado se ven techos puntiagudos coronados de cruces de al menos otras tres iglesias más pequeñas.
Del otro lado, un edificio sobresale entre todos: nuestro siguiente destino, el Köln Triangle.
El Köln Triangle es un edificio común y corriente, con oficinas, una clínica, un café, pero con la particularidad de que posee una torre de 29 pisos, en donde el 28 es un restaurant y el 29 es una terraza descubierta y vidriada para poder tener una hermosa vista de la ciudad. A solo 3 euros por persona y en un ascensor con una velocidad aproximada de dos pisos por segundo.
En el vidrio, los edificios que se pueden ver a través están sus siluetas dibujadas y su nombre escrito debajo, así no te tenés que andar quemando la cabeza pensando qué será cada uno.
A pesar de estar el cielo cubierto de nubes, se veía muy bien varios kilómetros a la redonda, sobre todo, por supuesto, la Catedral – quizás se aburran de leer tanto sobre la catedral, pero no solo es hermosa sino que además es la razón principal por la que uno viaja hasta acá.
Bajamos unos minutos después, muertos de hambre.
Nada de restaurants paquetos para conmemorar mis 26 años; fuimos al Subway de la estación de trenes más cercana.
Fue nuestro primer Subway Alemán, el mío al menos, así que acá hago un mini alto para decirles que próximamente le dedicaré una publicación entera a dicha cadena de comida rápida, porque se lo merece.
Después de comer nos fuimos hacia la segunda atracción más importante de nuestro itinerario (o quizás la primera): el Schokoladenmuseum, auspiciado por mi chocolatería favorita, Lindt.
La entrada estaba repleta y una cola larga para comprar los tickets era desalentadora. Pero avanzamos rápido, y con orgullo Klaus declaró por mí: Heute ist ihr Geburtstag. Tras mostrar mi pasaporte me miró y me dijo con una sonrisa: Happy Birthday! You don’t have to pay to enter!
High five, bitches!!!
En la planta baja está toda la historia del chocolate. Fotitos, frasquitos con olores de cosas que le ponen al chocolate, jueguitos… Mientras mi novio leía atentamente todos y cada uno de los carteles y cartelitos del museo, yo daba vueltas en círculos a su alrededor.
Tú viniste a puro comer chocolate, no?
Y… a vos qué te parece!
Porque en el piso de arriba esta la “fábrica” de Lindt -las comillas se deben a que solo hay una máquina, que si bien es completamente funcional solo hace unos bomboncitos rectangulares de chocolate con leche, que envuelven en papeles dorados para ser luego entregados junto con la entrada; sabemos que Lindt debe de tener una fábrica un poco más grande donde hacen todas sus variedades, como chocolate amargo, blanco, blanco con frutillas, chocolate con leche y nueces, amargo con menta, con leche y praliné, blanco con mousse, blanco y negro… Esta publicación no está auspiciada por Lindt, aclaramos.
Finalmente llegamos al sector de la máquina, donde al final de la misma se encuentra una burbuja gigante de vidrio con vista al río, donde en la punta, como Rose y Jack, se encuentra una fuente de chocolate.
No se imaginen la clásica cascada de chocolate: esto era como un arbolito con unos como huevos dorados en los extremos de las ramas, y de abajo del arbolito salían pequeños chorritos de chocolate líquido hacia un piletón. La cascada hubiera sido más espectacular, pero igual era bonita.
Rodeado por una cinta de terciopelo rojo, entre ella y la cascada, en una mesa con impecable mantel blanco se alineaban unas galletitas dulces, como Óperas, que un hombre en impecable traje blanco de chef bañada en la cascada y se la iba pasando a los visitantes que ordenadamente en una fila se iban acercando a recibir lo que probablemente habían ido a buscar en un primer lugar.
Sí, hicimos la cola dos veces.
Por supuesto había en ambos pisos sector de compra de los productos, pero el bolsillo no nos permitió comprar nada. Al cabo que ni queríamos comprar… chocolate… Lindt…
Suspiro profundo.
Sigamos.
Salimos del museo para volver lentamente hacia la Estación, recorriendo las callecitas del sector más viejo de la ciudad. Pasamos por el Alter Markt hasta llegar al El-DE Haus: un antiguo edificio de la Gestapo que ahora funciona como Biblioteca Museo.
En el subsuelo se encontraban las celdas donde la Gestapo mantuvo detenidos a una gran cantidad de personas, de todas las nacionalidades y géneros y por una gran cantidad de motivos. Estas personas habrían dedicado sus horas, días de encierro a escribir las paredes. No se podía entrar a todas las celdas, para su mejor conservación, pero en carteles se disponían fotos de algunas frases y dibujos.
Mi favorita: Alles ist vergänglich, auch Lebenslänglich.
Todo es pasajero, hasta la cadena de muerte.
En los pisos superiores funcionaban el museo con fotos y anécdotas de la era oscura de Alemania. Había un gran sector dedicado a los Roma y Sinti, grupos gitanos, y a la Juventud Hitleriana.
Ya era noche cerrada cuando salimos, a pesar de que solo eran las 6. Caminamos lentamente hacia la estación, cansados, adoloridos y contentos.
Cuando llegamos en un sector armaban un escenario, y mientras comíamos donats en Dunkin Donuts (qué horror, por qué no hay uno más cerca de mi casa???!!!), escuchamos una pegadiza tonada; con dos saxos, una trompeta, un contrabajo, batería, teclado y la Presleyriana voz del cantante, qué podía sonar mal?
Llegamos pasadas las diez de la noche a la casa, y así se terminó mi primer cumpleaños en el extranjero.

Glosario:
Heute ist ihr Geburtstag: hoy es su cumpleaños.

 

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