Wochenende de Martinstag

Volumen X

El 11 de Noviembre es el Día de Sankt Martin (Martinstag), donde se conmemora a este simpático personaje del catolicismo europeo.


Hacía tiempo que el enano me venía preparando para este día: me mostró sus faroles, me cantó las canciones, me hizo leerle su libro sobre la vida y obra de Martin…
La historia infantil cuenta que un soldado llegó a un pueblo un día de mucho frío,
pero él estaba feliz porque tenía su capa que lo mantenía calentito. Pero en el pueblo
encontró un mendigo, casi congelado, así que bajó de su caballo, con su brillante
espada cortó la capa a la mitad y le dio una parte al mendigo.
Acá es donde mi sobrino se aburre, me hace pasarme directamente a la página final para leer la letra de la canción (donde hay un dibujo de Martin jugando con una oveja en un granero) y realmente no sé por qué tanto quilombo por un tipo que le dio media capa a un pobre; se ve que no era muy común esto en aquella época porque Don Soldado ahora es santo.
Avanzando varios siglos en el tiempo, es sábado, son las 5 de la tarde, y una multitud
de niños enguantados, asombrerados, enbufandados y encamperados junto a sus padres, se agolpan en la iglesia de Braunweiler, donde una señora nos da la bienvenida, da una señal y cantamos al ritmo del órgano la canción de Sankt Martin (este texto viene con música de fondo obligatoria: https://www.youtube.com/watch?v=J3Nl0beM6pc).
Los niños más grandes del jardín, luego, se alinean de frente al público y uno por uno
van contando la historia de Sankt Martin. Incluso uno de ellos se disfrazó de dicho
personaje para deleite de sus babosos familiares.
Después un par de canciones, el padre nuestro y la señora que presidía el acto nos
pidió que encendiéramos nuestros faroles.
En tiempos de Sankt Martin probablemente usaban antorchas. En tiempos modernos, los faroles infantiles consisten en un palo largo, como una mini caña de pescar, en cuya punta cuelga una lamparita, que se enciende en la base, y que cuelga dentro de un farol de papel. Algunos faroles son con forma de cubo, otros con formas esféricas…
después están los top con forma de corazón, mariposa, cabeza humana, auto de
policía… Los niños más grandes, los que todavía no llegaron a esa edad en que les da
“vergüenza hacer esas cosas de niños”, llevan antorchas que encenderán más adelante (respeto y caución en la Iglesia!).
Cande lleva una de las lámparas de papel del enano, cuya lamparita se quemó, así que Mamá Petra le puso una velita con cinta scotch dentro. Es cilíndrica, de color crema con dibujos rosados.
Desde la Iglesia caminamos hacia la estación de bomberos voluntarios, donde una banda se acomoda, los bomberos se dan instrucciones entre sí, las antorchas se encienden y una mujer con larga capa violeta, sentada en su caballo negro, da pequeños círculos, posiblemente para mitigar el frío (se ve que este año no consiguieron un hombre para hacer el papel de Martin).
Los más grandes empiezan a encender las antorchas de los niños y comienza la
procesión: Martina al frente, la banda siguiéndola, niños y adultos detrás,
custodiados de cerca por los bomberos.
La banda empieza a tocar otra canción de la fecha, al ritmo de la cual deberíamos
cantar. Digo deberíamos porque muchos adultos, para frustración de mi cuñada, hablan de cualquier otra cosa (en este punto la canción anterior ya debería haber
terminado… así que ya pueden darle play a esta: https://www.youtube.com/watch?v=_f6StA8aduE).
Caminamos tranquilos por las calles del pueblo, siguiendo un sendero que probablemente sea el mismo todos los años, bajando hacia el jardín infantil, dando una vuelta por atrás de la iglesia y volviendo a bajar pero esta vez hacia la Plaza de Juegos.
Ya es noche cerrada, y el pueblo se ilumina con nuestros faroles, las luces de
la calle y la luz que atraviesa las ventanas de aquellos que no quisieron caminar. Los
que sí salieron, antes de irse, dejaron velas de distintos tamaños y colores, en vasos
de vidrio, frascos, portavelas de distintas formas, en las ventanas, las puertas y los
jardines delanteros.
Llegamos finalmente a la plaza, donde una columna de humo se alzaba por entre los
árboles desde la gigantesca fogata que habían armado los bomberos.
El alcalde de la ciudad nos dio la bienvenida, desde un rincón donde estaba parado
frente a un micrófono. Y luego empezó a cantar los números de la rifa que habían
vendido durante la semana (a que no se la imaginan a Magario haciendo lo mismo en la UNLaM).
Mientras algunos le prestaban atención al alcalde, la mayoría se apiñada alrededor de
la carpa donde vendían Wurst (obvio), vino navegado y Kinderpusch. El vino navegado, para los que como yo no tienen cultura de vinos, es vino tinto caliente. El
Kinderpusch es su versión infantil (vino de uva roja caliente).
Al lado de la carpa a los niños les regalaban un Kranskuchen (un pan dulce) con forma de hombrecito, con ojos en la carita y botones en el pecho hechos de pasas de uva.
Los niños comieron medio pan y luego se fueron corriendo a jugar en la penumbra en la plaza, mientras los grandes se calentaban junto al fuego.
Santa Martina se retiró sin decir palabra, mientras el alcalde seguía gritando números
para ver quién se llevaba todas las gallinas que sorteaban -aclaración: no sé si
estaban vivas o no, ya nada me sorprende en el campo.
Cuando el vino navegado dejó de tener efecto y el viento frío empezó a soplar a pesar del fuego, volvimos a casa.

 

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