Schnee*

Desde noviembre que me levanto todas las mañanas y voy corriendo a la ventana.
Todas las mañanas la misma vista, nunca nada nuevo.
Hasta que un día, la vista cambió; todo el horizonte era blanco cristalino.


“Es hielo”, bostezó mi novio a mi lado.
“It’s coming…”
Ahora me empecé a levantar más temprano, a ver si quizás me estaba perdiendo lo que más quería ver solo por no madrugar.
Diciembre llegó, y nada.
El invierno llegó, y nada.
Navidad, Año Nuevo… y nada.
Cerca de las fiestas me llegó una carta del Centro de Empleo de la ciudad, donde me avisaban que tenía una entrevista con una asistente del lugar para hablar sobre mi situación -su preocupación no era propia, yo había acudido al centro unos días antes.
La cita era para el jueves 5 de enero, así que por supuesto que las dos noches anteriores no dormí.
El miércoles miré sin mirar por la ventana, y el jueves corrí la cortina todavía con el sabor de una pesadilla en la boca…
Y ahí estaba.
Nieve.
Sobre los autos, en los techos, en la vereda, en la calle, en los árboles…
Nieve.
No era el blanco cristalino brillante del hielo. Era crema, suave y lisa, asentada sobre todos lados, con un brillo tranquilo que reflejaba las luces de la calle.
Nieve.
Desayunamos rápido, nos vestimos y salimos apurados a la calle (mis numerosos minutos babeando en la ventana nos iban a hacer llegar tarde), y ahí seguía la nieve.
Suena crujiente bajo las botas, y se derrite en los dedos, dejando un rastro de helada agua.
Nadie había pasado todavía, así que nuestras huellas fueron las primeras en quedar marcadas.
Corrí como loca en el estacionamiento de al lado de la casa; contuvo el impulso de tirarme de cara.
Nos deslizamos hacia abajo por la rampa del garage, sacamos el auto y mi novio me dejó en la estación; el siguió su camino al trabajo.
La gente caminaba insegura por los lugares donde había hielo y no nieve, y cuando casi me fracturo la cadera entendí por qué.
Arrastrando los pies y manteniendo el equilibrio con los brazos en raras posiciones, caminé hacia el andén todavía con la sonrisa en la cara.
Un chico se paró cerca mío a esperar el tren, mientras jugaba con los pies en la nieve, armando montículos, despejando el camino, escribiendo palabras sueltas con la punta de la bota.
Yo trataba de mantener un semblante de madurez y superioridad ante el asunto… Hasta que empecé a escribir mi nombre en la baranda blanca.
El tren llegó y con la nariz pegada al vidrio admiré el paisaje blanco.
Cuando llegué a Kirn, la ciudad donde me esperaban, caminé lentamente las pocas cuadras que hay hasta el Centro de Empleo, deslizándome por el hielo, chapoteando en la nieve.
No entendí mucho de la conversación, tampoco dejé de mirar por la ventana, pero cuando la reunión terminó bajé corriendo los tres pisos que tanto me costaron subir y me zambullí en la helada mañana.
El sol ya había salido, la gente estaba paleando la nieve de las veredas, raspando el hielo de los parabrisas, mirando con odio mi sonrisa mientras escribía en una limpia superficie “I Volví a casa rápido. Todavía sentía rasposa la garganta de la gripe que venía arrastrando desde Navidad.
Eran cerca de las 11 cuando llegué, me puse el pijama… Y me acurruqué frente a la ventana a ver la nieve derretirse hasta el anochecer.
Varios días después vería nevar, me deslizaría cuesta abajo en trineo, haría un muñeco de nieve, angelitos en el suelo y guerra de bolas de nieve.
Y todavía queda mucho invierno.

*Iba a poner un título más romántico, pero no se me ocurrió nada que no pueda ser fácilmente asociado a la cocaína. Se aceptan sugerencias.

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Un comentario en “Schnee*

  1. “Yo trataba de mantener un semblante de madurez y superioridad ante el asunto… Hasta que empecé a escribir mi nombre en la baranda blanca.” Jajaja, este fragmento lo dice todo. Linda entrada!
    ¡Saludos desde Buenos Aires!

    Julieta D’Amico

    Le gusta a 1 persona

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