La Paz de Karl en la Selva Negra

El finde pasado se dio una serie de eventos afortunados que hacía rato no se daba: no llovía, ni hacía frío, mi novio no trabajaba y había plata.
Esta alineación de planetas marcaba un solo posible desenlace: salir a pasear.

Nos subimos al auto alrededor de las 9 de la mañana, con una valijita y un bolsón repleto de comida chatarra. No había una sola nube en el cielo, los cerros estaban verdes y ya empezaban a florecer los narcisos amarillos (Osterglocke, literalmente Campanas de Pascua, en alemán).
Nos dirigimos hacia el sur hasta llegar a nuestro primer destino: Karlsruhe.
Karlsruhe lo conocí, por si no se acuerdan, una noche que volvía de Stuttgart con unos amigos. De día es otro mundo.
Con edificios señoriales, aunque una muy moderna calle principal llena de negocios y vías de tranvía, el corazón y atractivo más importante es su castillo.


Construido en 1715 y reconstruida una parte tras la guerra, es un edificio enorme desde cuya torre como eje se trazaron más de 30 calles en diagonal, como los rayos de una bici, aunque más bien con forma de abanico.
Una enorme circunferencia, marcada por vegetación y por edificios con frontis redondeados deja un círculo dentro de pasto, canteros con flores, fuentes y esculturas.
La primavera no había explotado aún, así que sólo había un par de flores en los terrenos verdes, y los árboles estaban sin hojas.
Caminamos hacia el castillo y pagamos una entrada parcial: para ir a la torre y para ver las exposiciones fijas del lugar.
Había una muestra temporal de Ramsés, pero esa estaba mucho más cara y la verdad que no teníamos mucho tiempo para quedarnos ahí.
Vimos una exposición pequeña del Antiguo Egipto, de la época Medieval, el Renacimiento y la historia del Palacio. Finalmente subimos a la torre desde donde se veía todo. La ciudad a un lado, los bosques a otro, con el sol de frente dándote el calor que el fuerte viento amenazaba con sacarte.
La verdad que Karlsruhe es imperdible y maravilloso, pero mi entrenamiento como Licenciada en Turismo me había hecho querer visitar tres ciudades en un día, y como el que mucho abarca… poco… cómo era esa frase? Poco aprieta? Bueno, ustedes me entienden (y quizás cuando termine de escribir me acuerde cómo era). Así que de la Paz de Karl visitamos su castillo y recorrimos las calles, antes de irnos para nuestro siguiente destino: Freiburg, el corazón de la Selva Negra.


Si bien hay vegetación (como en casi todo el país) yo por lo menos siempre me imaginé la famosa Selva como una selva per sé.
Pero la Selva Negra es una región, famosa por la producción de relojes cucú de madera, con un bonito lago (que no visitamos) y quizás un poco más esquiva a los ataques aéreos de hace 80 años, porque muchas viejas construcciones lograron conservarse: como la Schwabentor, un arco hermoso con reloj, y una historia que habla de un rico a quien su mujer le había robado el oro con el que planeaba comprar la ciudad- esta historia la contó mi profesor de alemán en una clase, y fue la que nos impulsó a hacer el viaje.
Visitamos la calle principal, donde en cada esquina un artista callejero demostraba sus dotes (dibujantes, músicos, un acróbata y algunos cocineros), rodeados de una multitud de personas, todas con helado en las manos; a ver, si algunls comían helado con -2°C, todo el mundo comía uno ahora que hacían 13!
Los adoquines redondeados se aplastaban bajo algunas líneas de tranvía, y un pequeño arroyo circulaba por una pequeña foza de un paso de ancho que iba a lo largo de una calle secundaria, por donde la gente se agolpaba para comer helado a 80 centavos la bocha en una Gelatteria verde, blanca y roja. Algunos chicos dejaban navegar pequeños botes de madera, que casualmente vendían en la calle principal, vigilados de cerca por los padres que tomaban café en las pequeñas mesitas en la plaza, bajo el brillante sol de las 5 de la tarde primaveral, frente a la municipalidad.
“Podríamos vivir en Freiburg”, dijo.
Le dije que “oui”.
Porque tenía que empezar a practicar; nuestro siguiente destino, al caer la noche, fue cruzar el río y arribar en el país de al lado.
Bienvenue à Strasbourg, France.

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