Desde el Agua y desde el Cielo

Previously on Argenta Germánica…
Un sábado salimos temprano a la mañana. Recorrimos Karlsruhe y Freiburg, y luego nos fuimos a Strasbourg. Dormimos y al día siguiente empezamos a recorrer esta ciudad, aunque primero nos fuimos a Gertwiller.

Gertwiller es un pueblito a una media hora en auto al suroeste de la capital alsaciana, y la conocíamos por uno de nuestros folletos.
En el camino, mi novio comentó que el paisaje le resultaba distinto, pero no entendía por qué…
– Eso de muchas casitas alrededor de una super iglesia es igual…
– Ajá.
– … pero el paisaje es más plano. Y casi no hay árboles. Hay muchos cultivos.
– Aaaaaaaahhhh…
Pasamos por muchas ciudades de nombre alemán, a pesar de que seguíamos del lado francés, hasta que finalmente llegamos a destino.
No queríamos recorrer el pueblo, sino visitar un punto específico: Le Palais du Pain d’Épices, el Palacio del Pan de Jengibre.
Una casita como la de Hansel y Gretel se alzaba a la entrada del pueblo.
En la entrada, con un alemán muy raro y casi incomprensible, nos cobraron 3 euros por cabeza. Era un museo con aura infantil, pero muy entretenido. En alemán, francés e inglés, contaba la historia de esta famosa galleta, típica de la zona, casi vital en la dieta de antaño. El museo estaba decorado como si fuera una casa, con un dormitorio (donde se mostraba la presencia de la galleta en cuentos infantiles), una cocina (de donde saqué varias recetas de galletas de jengibre), hasta que llegamos a una habitación decorada al mejor estilo “Muy Pequeño el Mundo Es” de Disney: iluminada con muchos colores, detrás de unas cuerdas rojas se amontonaban muñecos (algunos que se movían) para mostrar una bonita, y sobrecargada, imagen navideña.
Después se pasaba a la parte de fábrica: un pasillo grande con ventanas a un lado que mostraba el lugar donde se hacían las galletitas. Hoy, domingo, vacío, pero igual había un canasto gigante con corazones y estrellas para degustar.
Y, por supuesto, la última sala era el gift shop: peluches, tazas, manteles, azucareros… todo con forma de galletita de jengibre. Chocolates, budines, vinos, y obviamente galletas de jengibre de muchas formas, tamaños y colores. Todo, con una mano en el corazón, bastante barato.
Pero no les voy a decir qué compramos. Eso es historia para otra entrada.
Nos despedimos de la cajera (hoy mi francés andaba mejor y pude decirle “au revoir”) y volvimos a la ciudad.
Era cerca del mediodía cuando estacionamos en un lugar bastante alejado del centro, pero muy barato, según nuestro folleto “Dónde estacionar en Estrasburgo”. El sol ya estaba alto, pero todavía se sentía frío. Bordeamos el río, ya lleno de gente paseando y aprovechando la primavera, en bici, rollers, skates o simplemente caminando.
Nuestro destino era la Catedral, otra vez, así que apuntamos hacia las puntas gigantes en el horizonte y hacia allá fuimos.
Cruzamos el río por un puente cerrado, que solía servir de fortaleza; ahora era un pasillo largo, con rejas a los lados, dejando como celdas junto a las ventanas. Algunas celdas contenían viejas y rotas esculturas, engranajes gigantes… se ve que es más útil como bodega que como fuerte ahora.
Caminamos un buen rato hasta llegar de nuevo a la Catedral, pero la rodeamos y nos acercamos a la oficina de Batorama, una excursión en bote por el río incluida en nuestro Strasbourg Pass. Había una embarcación que salía en 15 minutos, pero como ya teníamos ganas de almuerzo reservamos para la siguiente y nos fuimos a comer unos Pizza-panini.
Comimos mientras caminábamos por la vera del río, donde la gente se sentaba en el borde a conversar, pasando los pies por la superficie del agua sin tocarla; se ve que esto es una costumbre del lugar, porque a medida que avanzaba el día, eran cada vez más personas sentadas en grupitos con los pies colgando sobre el agua.
El bote era largo, como un cilindro gigante aplastado. La mitad de arriba estaba toda cubierta por enormes ventanales. De un lado había filas de cuatro asientos, del otro de tres. Sobre cada asiento había un par de auriculares conectados al lado. Y el bote estaba lleno.
Conseguimos dos asientos, uno adelante del otro, cerca del fondo.
A la una en punto, por unos parlantes se escuchó una voz en francés, luego en alemán y finalmente en inglés logré entender el mensaje completo. Bienvenidos, por su seguridad… La guiada en inglés está en el número 3. Miré el tablero de donde salía mi auricular: dos flechas de volumen, dos abajo de un monitor con números rojos. Pasé rápido y descubrí que había 15 canales distintos. El cuarto mensaje fue en español, aclarando que el número 4 era para la guiada en ese idioma. Me mataba la curiosidad por saber de los otros idiomas, pero la guiada ya había empezado a sonar, sobre la historia del pueblo de Strasbourg.
El paseo duró más de una hora, por los ríos que rodean la Isla de Estrasburgo (donde se ubica la ciudad vieja, con la Catedral). En dos ocasiones tardamos varios minutos en pasar a través de unas esclusas: primero para subir, luego para bajar.
Hubiera sido mucho más disfrutable si no hubiese estado el aire acondicionado a temperaturas bajo cero, pero igual no me quejo, no me quejo…
La guiada estuvo muy buena, pero el leve bamboleo del barco me adormilaba y terminé no reteniendo mucha información. Lo lamento si esperaban más datos históricos (de hecho, el único que di hasta ahora en todo mi blog lo googleé de antemano. Pero no voy a confesar qué dato fue… El que adivina se gana una botella de Licor de Unicornio).


Bajamos de la embarcación y nos fuimos derechito para la Catedral, finalmente, a la atracción más temida de la tarde: subir a la Torre.
Resumiendo la subida podemos decir que más de 300 escalones, varias promesas de suicidio y luego de asesinato, lágrimas, resignación, mucha agua y mala onda después, llegué a la cima como 15 minutos después que Klaus.
Lamentablemente las parecitas de la terraza eran muy altas, y se ve que algunos habían cumplido la promesa de suicidio porque había un enrejado de alambre bastante alto encima, así que eso de “ver le enormidad de la ciudad hacia abajo” era complicado… Pero el horizonte era bellísimo.
Igual estuve más rato agonizando por aire en un banco en la entrada que efectivamente viendo el paisaje. “Saquemos fotos, las veo en casa”. No regrets, though. No me arrepiento de nada.


La bajada era por otra torre, también en espiral, también con enormes ventanas sin vidrio en los pisos más altos, también con alguna que otra puerta en lugar de ventana que te llevaba a recorrer los techos como Cuasimodo (aunque, por supuesto, estaban todas cerradas)… también lleno de garabatos. Qué manía tiene la gente de escribir su nombre en edificios históricos? No nos importa, Jan, de quién estás enamorado, ni de qué día estuviste ahí, Manón…
No
Escribas
Monumentos
Históricos.
Salí de la Catedral con las piernas temblando, y después de varios metros lo miré a mi novio y le dije: “pero… no entramos a la Catedral!!!”.
Así que volvimos!

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