Achern

Mientras espero a Klaus, aniquilando mi dieta por 5 euros con la excusa de refugiarme de la lluvia, les cuento que me encuentro muy lejos de casa, tras una serie de eventos afortunados.

Klaus había amenazado hacía rato con que en julio se iba a ir lejos muy lejos para hacer un curso de “inserte serie de tres letras relacionadas con un programa de no sé qué que usa en el trabajo para hacer no sé qué” (no, no le presto atención cuando habla).
Había anunciado, además, que había posibilidades de que lo acompañe, pero no le di más vueltas al asunto porque me pareció difícil de que algo así sucediera.
Así que el lunes el reloj marcó las 2 de la tarde y por mensaje de texto anunció: armá la valija que nos vamos esta noche y volvemos el miércoles.
En las películas estas situaciones se presentan cuando la protagonista está casualmente vestida con la ropa más cara, maquillada y la casa en orden.
El calor me había empujado a estar en ropa interior (y no, nada sensual de Victoria’s Secret) en la cama, leyendo mangas y rezando porque los platos se limpiaron solos de una buena vez. De un salto lavé los platos, me depilé, me bañé, me perfumé y puse ropa de tres días en una valija que aguanta 50 kilos (los pormenores de ser pobre y tener solo bolsos grandes que fueron destinados a la mudanza intercontinental…). Este detalle no es menor, puesto que cuando paré la valija sobre las rueditas se fue todo al fondo y después no aparecía nada cuando llegamos al hotel.
Mi cuñada dos días después, o sea al momento que escribo esto, se iba a Francia por dos semanas con sus hijos (y para qué más sirve un post natal de un año?), por lo que nos invitaba a una merienda de despedida esa misma tarde.
Así que a las 4 y monedas, ella lo pasó a buscar a mi novio al trabajo y juntos fueron a buscarme a casa, para ir a la casa de ella y de ahí, a la estación a tomar el tren a las 8 de la noche.
Media hora después, estábamos en Mainz, corriendo entre los andenes para llegar a tomar el tren que nos dejaba en Mannheim, donde tomábamos el ICE (Inter City Express, o el tren rápido) hasta Baden Baden, y de ahí otro tren más hasta nuestro destino final: Achern. El chistecito del viaje duró como tres horas. Tres horas de sueño y hambre, porque era muy temprano para comer en el tren a Mannheim, y no llegamos a comprar comida en Mannheim, y en el tren a Baden Baden el restaurant ya había cerrado.
Comimos un Twix de una expendedora de Baden Baden. Menos mal que mi estómago se acostumbró a no cenar (el porqué de esto es historia para otro café).
El viaje se hizo sorprendentemente corto (un buen libro fue la causa del milagro) y antes de que me diera cuenta estábamos caminando el medio kilómetro que separaba el hotel de la estación. Ese medio kilómetro no se hizo corto.
Cuando llegamos el hotel estaba cerrado y no se veía a nadie por ningún lado… solo se veía un sobre blanco sobresaliendo de un buzón.
Un sobre que en azul tenía el nombre de mi novio escrito.
Dentro del sobre, una llave con un número: el 24 (para que se lo digan al quinelero mañana).
La llave abría la puerta del frente, además de la habitación con el mismo número que se encontraba en el segundo piso.
Nos desvestimos y dormimos.
Check-ins eran los de antes.
A la mañana siguiente el despertador sonó a las 7, anunciando que era hora del mejor momento de quedarse en un hotel: desayuno.
Café, jugos, distintos panes y mermeladas, yoghurts, frutas, fiambres, quesos…
Dios bendiga a tu jefe, amor.
Él paga mi parte nomás.
Vos pagás la mía, así que también te bendigo a vos…

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Con varios kilos de más volvimos a la habitación, donde Klaus agarró sus cosas y me dijo que a las 5 volvía. Y yo, qué iba a hacer hasta las cinco? Quedarme en el hotel o salir a pasear?
Tuve que meditarlo con la almohada, y 3 horas después decidí salir a recorrer la ciudad.
Achern es pequeña y su turismo se basa en senderos de montaña que no iba a recorrer y excursiones hacia el otro lado de la frontera francesa que no valía la pena hacer sola con lluvia. Me dediqué a caminar sin rumbo fijo, entre las callecitas tan típicas alemanas. Aunque, a diferencia de otros pueblos, este se ve bastante nuevo.
(Especulación: estando tan cerca de Strasburg, probablemente fue gravamente afectada al punto tal que la reconstrucción fue prácticamente de cero).
En la plaza principal se alzaba el mercado de frutas y verduras, como todos los martes según el folleto que había en el hotel. Y en todas las calles, por lo menos cada 200 metros, se amontonaban electrodomésticos viejos, muebles nuevos y no tan nuevos, macetas, juguetes… de todo. Asumimos que era el Día del Spermüll.
Este día todos los vecinos sacan a la calle lo que no quieren, dándole la posibilidad a los demás a agrandar y/o cambiar su mobiliario. Al final del evento, se lo lleva todo la basura.
Es como una venta de garage, de esas que vemos en las pelis, pero regional… y gratis.
En nuestra región, Rheinland Pfalz, ya no se hace: el municipio creía que salía demasiada gente a las calles a basurear. Es el punto, Don Municipio! Déjenos escarbar la basura de nuestros vecinos, por favor!
La constante llovizna se estaba encargando de malograr algunas cosas, pero fuera de eso muchas cosas estaban en muy buen estado! Había por lo menos un sillón por basura; una pila tenía 4 sillones de un cuerpo iguales. Vimos con cariño una impresora y un juego de sillas cerca del hotel, pero no queríamos volvernos con tantas cosas en el tren.
En fin, al mediodía Klaus me avisó que en el curso les daban almuerzo, así que sola me comí una como empanada gigante de jamón y queso, en un Kebaphaus, típico lugar barato de comida turca.
(Curiosicosas: en Alemania se comen más shawarmas que en Turquía, y lo que en Argentina se conoce como Shawarma acá es un Dönner).


Después de un largo almuerzo, me fui al hotel a aprovechar el wifi gratis hasta las 5, cuando llegó cansado pero feliz mi novio.
Se pegó una ducha para sacarse el pegote de la lluvia y el calor, se durmió un rato, y cerca de las 8 nos fuimos a pasear juntos por un parque a unos pocos metros del hotel.
Hermoso lugar. Con un arroyo que desemboca en un lago, con un sector de juegos para chicos precioso y enorme de madera, con bancos por doquier y enormes extensiones de pasto perfectamente cortado. En este momento del día la lluvia había cesado y el parque rebosaba de adultos y adolescentes tomando cerveza o aprovechando la ausencia de niños para usar los juegos.
De ahí paseamos por la plaza central, por donde habría paseado a la mañana, y finalmente cenamos en un restaurant de comida china, tailandesa y vietnamita.

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Rodando volvimos al hotel, pasando otra vez por el parque, pero esta vez jugando un poco en e sube y baja, en una rueda gigante de hámster, en dos calecitas distintas, en el fuerte con puentes colgantes… Lo divertido es que había un grupo de adolescentes igual de entretenidos que nosotros.
Las bellezas de ser un niño grande.
Volvimos temprano al hotel, pero levantarnos al día siguiente y repetir los primeros pasos del día anterior, pero esta vez salí a las 11 del hotel, acompañada de la valija y de una persistente lluvia.
El viento era tan fuerte que me daba vuelta el paraguas, así que preferí mojarme en el camino hasta la estación de tren, donde con suerte tendría un locker donde dejar el enorme monstruo negro durante el día.
Quedaban dos lockers grandes vacíos: el primero se tragó las dos monedas que le puse. El segundo escupió todas las monedas que le di. Dale.
Fui a la oficina de informes y le comenté de mi situación al empleado, haciendo una de esas cosas del primer mundo: dejar la valija en el locker sin cerrar, caminar una cuadra, hablar con el empleado, volver y que la valija siguiese ahí.
Efectivamente el empleador comprobó que no le mentía y me pidió perdón por el euro y los 50 centavos perdidos (no quiero tu perdón, los quiero de vuelta!). Me preguntó a qué hora volvería y le dije que a las 4.
“Bueno, entonces puede dejar la valija en la oficina. Pero tiene que volver antes de las 6 que cerramos!”. Así me ahorré los 5 euros que hubiera salido el locker.
Todavía bajo la lluvia, pero ahora con las dos manos libres como para sostener firmemente el paraguas, me fui a buscar un lugar donde pasar las 4 horas que tenía por delante.
Dato no menor: cuatro horas es mucho cuando llueve, no hay internet y la plata es poca.
Al libro que me vine leyendo le quedan como 10 hojas, así que lo reservé para el camino de vuelta, y con la compu a cuestas me fui a buscar lo más urgente: almuerzo.
Terminé en el mismo lugar donde almorcé la otra vez, pero esta vez comí unos Nuggets de pollo con ensalada. Definitivamente no me gustan el pepino ni el repollo.
El lugar se iba llenando de a poco y no era muy grande, así que me preguntaron si me molestaría compartir la mesa de 4 donde estaba (en mi defensa puedo decir que todas eran de 4!) y como mi respuesta fue negativa, una adorable viejecita se sentó al lado mío.
Con timidez nos miramos hasta que me empezó a hablar: qué estaba comiendo, qué estaba tomando, si estaba sola…
No sé dónde me falló el alemán, pero su cuarta pregunta fue: es usted extranjera?
Sí, vengo de Argentina, hace un año que estoy acá.
Un año? Y estudiaste alemán en la escuela?
No, acá, hace un año que estoy estudiando.
Sus ojos ya grandes por los anteojos se hicieron todavía más grandes, y con un calmado aplauso dijo: mis felicitaciones, su alemán es casi perfecto.
Me preguntó por Argentina, por mi familia, por mi novio (tu novio es alemán? Cómo se llama?… Ha! Qué nombre más alemán!), por mis asuntos en Achern, por Bad Sobernheim… me felicitó múltiples veces a lo largo de la conversación.
Cuando su comida llegaba, mi plato hacía rato que estaba vacío y frío, y para no acaparar una de las pocas mesas que quedaban, me despedí con alegría de la señora, pagué y me fui.
La lluvia había cesado, pero cuando encontré un banco en la plaza para pasar las siguientes 3 horas, empezó a lloviznar de vuelta.
Di vueltas hasta que el paraguas se empezó a doblar otra vez, y me metí en el primer café que encontré, lamentablemente sin internet.
Me pedí un chocolate caliente, una porción de torta y hace más de una hora que acaparo esta mesa, cerca de la ventana para ver la lluvia caer sobre los estudiantes que corriendo y gritando festejan el fin de semestre con pintura en la cara y harina en el pelo.
El chocolate hace rato que se terminó, pero la torta se va terminando de a poco. El lugar es grande, así que no me van a acompañar ni me voy a sentir mal por seguir acá otra hora más.
Klaus estaba muy preocupado porque no pudimos pasear mucho. “Cómo vas a seguir escribiendo en tu blog?”, dijo mi fan número 1.
No te preocupes, amor. Llevo 24 hora sentada en distintos lugares de esta pequeña ciudad y mirá todo lo que escribí…

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Final: esto fue escrito post viaje.
Finalmente se hizo la hora, nos encontramos en la estación, hicimos como tres combinaciones, llegamos a casa y fin.
Estaba más inspiraba en Achern…

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